Disfraces de princesas para las niñas y de
superhéroes para los niños; camisetas con mensajes “guapa como mamá” para las
chicas e “inteligente como papá” para los chicos; expresiones como “llorar como
una niña” o “pegar como un niño”. Desde pequeñas nos han educado para
ser delicadas y dulces porque las niñas buenas no dan voces; para ser salvadas
y protegidas por un hombre porque las niñas buenas no pelean; para aceptar los
cumplidos que te hagan los desconocidos por la calle porque las niñas buenas
son educadas y responden con una sonrisa; nos han enseñado a aceptar que en el
fondo es culpa nuestra si nos pasa algo porque decidimos ir en minifalda o
volver solas a casa. ¡Cómo se nos ocurre vestirnos con poca ropa en verano para
no pasar calor!
Violencia
física: la punta del iceberg de la violencia de género
Las cifras asustan. Según el Informe de
Desarrollo Humano de 2015, una de cada tres mujeres ha sido objeto de
violencia física o sexual, lo que supone el 35% de todas las mujeres del mundo.
A pesar de que la violencia física es la
que más se ve, no es la única. Y de hecho, es enormemente preocupante aquella
que no se ve, pero que también existe. Las mujeres ganan un 24% menos que los
hombres; 15 millones de niñas son casadas anualmente en contra de su voluntad
antes de cumplir los 18 años; únicamente el 2% de las tierras en el mundo
pertenecen a mujeres; solo el 22% de los cargos directivos a nivel mundial
están ocupados por mujeres; los hombres dedican entre un 30% y un 12% más
de tiempo a la vida social y al ocio que las mujeres; cerca del 60% de los
países carece de una legislación que garantice la igualdad de oportunidades
laborales para hombres y mujeres… y aún hay más.
Los datos demuestran que 7 de cada 10
personas en situación de pobreza del mundo son mujeres; que cada 18
segundos una mujer es maltratada en algún punto del planeta (el agresor es
en el 70% de los casos su pareja o ex pareja); o que el 49% de las víctimas de
trata de personas son mujeres frente al 18% de hombres.
Las diferencias entre países son muy
grandes. No es lo mismo ser mujer en un país como España que serlo en Bolivia,
India o Mozambique, pero en todos ellos las mujeres se han enfrentado a
más problemas que los hombres por el simple hecho de haber nacido mujer. Unas
habrán sido atacadas, otras no habrán podido heredar las tierras de su
familia, otras habrán sido despedidas al quedarse embarazadas, otras habrán
sido obligadas a casarse con su violador para evitar la deshonra, otras habrán
sido sometidas a la mutilación genital femenina porque así “controlan
su sexualidad”.


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